martes, 4 de marzo de 2008

Huele feo.

Me las olía, mas no creí que realmente existiera algo llamado “existencialismo positivo”. No me he decidido aun entre negativo o positivo. Probablemente muera entre entradas y salidas de uno y de otro. De Kierkegaard he probado solo la esencia de su atormentado pensar; su vida fue angustia pura, reflejada en su pensamiento filosófico, siempre entrelazadas la una con la otra. Consiente siempre de su efímero existir, intentando alcanzar una especie de eternidad terrenal y finita, exaltando las cualidades y bondades de un espiritualismo incierto que se realiza y dura, solo mientras existe él. Cada que sé más detalles de su vida me repugna más y más. Ese tipo de repugnancia sana, que parece mas bien indiferencia, como intentando voltear la mirada cuando ves desnudo a alguien por primera vez. Como sea. Por una parte me parece absurdo empeñase en tratar de demostrar por medio de complejos acertijos conceptuales cualquier fenómeno o estado elevado de conciencia; como si la palabra Dios pudiese realmente designarnos la certeza de su existencia. ¡Aplicar la lógica indiscriminadamente a cualquier fenómeno emocional! Eso es lo más ilógico. Cada emoción es única, irrepetible, personal y finita. Por otro lado me resulta inconcebible el como siquiera podemos existir; pero ahora lo acepto, la labor, mas que titánica, resulta ¡Desquiciante! Un equilibrio constante de las emociones es lo único accesible. No hace falta ningún sistema. Renuncio a la filosofía intelectualizada que me ofrecen los hombres cultos del pasado; atrás queda ese misticismo sistematizado de oriente. Ambas cuestiones me son imposibles, es decir, el pragmatismo tiene que ser lo alcanzable, lo teórico, resulta inasimilable; y lo practico es la vida en si, sola, con sus vivencias libres de pretensiones amorfas y sublimes. No caigo en ese egoísmo materialista disfrazado de materialismo lógico.
Soy consciente de mi finitud, y acepto mi soledad de la manera más romántica posible: el autoamor. El presente esta ahí, y es solo presente que se va. ¡Nada de disfraces! ¿Como habría de hacerle el amor por encima de la ropa? Siempre he sentido el gozo de andar desnudo por la casa. Me han llenado de accesorios prescindibles y adictivos. No es anarquismo de pensamiento, ni nihilismo espiritual. Es la espontaneidad del pensamiento natural y la tendencia hacia el naturismo en mí actuar; estoy listo para morir. La neutralidad del estar ahí se funde con la alegría de saberse receptor de las esencias de aquello que no es explicable, si no solo vivible, la extraña y bizarra realidad que me fecunda al envolverme en su paralizante imposibilidad…

No hay comentarios.: