sábado, 17 de noviembre de 2007

Triste lamentación



Mi sentimentalismo tan retorcido y negro. Me estrello en contra del mismo muro; nunca con la suficiente fuerza como para acabar por completo con mi vida. Las autolamentaciones me corroen el corazón, ya pálido y seco. Poco a poco me inundo, me ahogo en la espesa amargura. Tocas con la punta de tu delicado dedo en la bóveda donde aun guardo las migajas de aquellos recuerdos que fueron amor. Se derrumban, y quedo desnudo; no hay a donde ir. No deseo huir, solo dejo que el triste final me alcance. El polvo acumulado hace mas espesos mis parpados. Se caen, me desfiguran el rostro. Caigo, por fin, de rodillas, la existencia se hunde por última vez. Por siempre reinará el vacío.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Nautilus


¿A que discutir semejante proposición, cuando la fuerza puede destruir los más convincentes argumentos? No habría tribunal entre los hombres que pudiera demandarle cuenta de sus acciones. Únicamente Dios, si creía en El, y su conciencia, si la tenia. He dudado, pues –dijo- , pero he pensado que podía conciliarse mi interés con esa piedad natural a la que tiene derecho todo ser humano. Ahora, permítame acabar lo que tengo que decirles. Señor tengo motivos para suponer que usted, ya que no sus compañeros, no lamentara la casualidad que le ha unido a mi suerte. Ha llegado usted muy lejos; pero no lo sabe todo, y le repito, que no lamentara el tiempo que pase a bordo. Va usted a viajar por el país de lo maravilloso. El asombro, la estupefacción, serán probablemente el estado habitual de su animo ¡A partir de hoy, entra usted en un nuevo elemento, usted vera lo que no ha visto nadie, pues yo y los míos no entramos en esta cuenta, y bajo mi dirección, nuestro planeta le hará dueño de sus secretos!