
¿A que discutir semejante proposición, cuando la fuerza puede destruir los más convincentes argumentos? No habría tribunal entre los hombres que pudiera demandarle cuenta de sus acciones. Únicamente Dios, si creía en El, y su conciencia, si la tenia. He dudado, pues –dijo- , pero he pensado que podía conciliarse mi interés con esa piedad natural a la que tiene derecho todo ser humano. Ahora, permítame acabar lo que tengo que decirles. Señor tengo motivos para suponer que usted, ya que no sus compañeros, no lamentara la casualidad que le ha unido a mi suerte. Ha llegado usted muy lejos; pero no lo sabe todo, y le repito, que no lamentara el tiempo que pase a bordo. Va usted a viajar por el país de lo maravilloso. El asombro, la estupefacción, serán probablemente el estado habitual de su animo ¡A partir de hoy, entra usted en un nuevo elemento, usted vera lo que no ha visto nadie, pues yo y los míos no entramos en esta cuenta, y bajo mi dirección, nuestro planeta le hará dueño de sus secretos!

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