
Mi sentimentalismo tan retorcido y negro. Me estrello en contra del mismo muro; nunca con la suficiente fuerza como para acabar por completo con mi vida. Las autolamentaciones me corroen el corazón, ya pálido y seco. Poco a poco me inundo, me ahogo en la espesa amargura. Tocas con la punta de tu delicado dedo en la bóveda donde aun guardo las migajas de aquellos recuerdos que fueron amor. Se derrumban, y quedo desnudo; no hay a donde ir. No deseo huir, solo dejo que el triste final me alcance. El polvo acumulado hace mas espesos mis parpados. Se caen, me desfiguran el rostro. Caigo, por fin, de rodillas, la existencia se hunde por última vez. Por siempre reinará el vacío.

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